3 abr 2012

PUEBLO CHICO, INFIERNO GRANDE


Rafaela tan linda ciudad, reconocida por su limpieza, seguridad e industrias, la llamada “Perla del Oeste” resulta ser tan hermosa como odiada.
Se me viene a la mente el refrán “pueblo chico, infierno grande”. Todo aquel que venga a vivir aquí suele quejarse de la vecina que vive pendiente de lo que uno hace, o del vecino que se sabe hasta el número de patente del auto de tu amigo. Y ni hablar de los nacidos aquí, todos saben de quienes somos hijos, nietos, amigos, y hasta el nombre de nuestras mascotas.
Resulta difícil entender como en una ciudad, con aproximadamente 100 mil habitantes donde un gran porcentaje son estudiantes, corren tantos rumores y se exagera todo.
Los lugares bailables, si bien hoy en día, hay algunas opciones, todas abarcan el mismo rango de edades de 15 a 30 años. Los cuales si vas a algunos sos “negro” y si vas a otro sos “cheto”. No hay bares para gente más grande, ya que si una mujer sola sale se la cataloga como “gato” y si un hombre solo frecuenta estos lugares es catalogado como “baboso” que busca chicas jóvenes para salir.
Las profesiones también son referencia de todo tipo de adjetivos, en lugar de valorar lo que cada persona hace, siempre se mal interpreta todo y nunca preguntan si te gusta de lo que estás trabajando, y mucho menos felicitarte.
Todo se juzga, todo se compara, todo se menosprecia y hasta se discrimina. Se inventan cosas, historias, y hasta personas que no existen, que llegan hasta hacerte dudar de la veracidad de las cosas.  
Mil veces me pregunte porque hay tanto puterio, y llegue a la conclusión de que la gente vive pendiente de los demás porque más allá del trabajo o estudio no tiene otra cosa con que entretenerse.
La capital provincial del teatro, como así se nos llamó, resulta ser un tanto paradójico, desde el punto de vista que un fin de semana por ejemplo no hay casi nada para hacer, los espectáculos que se ofrecen son pocos y generalmente caros o tienen poca difusión y los programas de cultura son para unos pocos.
Es difícil cambiar la mentalidad una ciudad, pero creo que depende de nosotros que esto cambie, preocupándonos por cada uno, en las cosas que hace y tratando de ser felices por lo que somos y lo que tenemos y no por lo que tiene el vecino, o la compañera de trabajo, o el compañero de la facultad.

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